Algunos textos secundarios 2024
TEXTOS
SECUNDARIOS
Séneca, De Clementia
Muchas razones los obligan a esta
manifestación que es la que más cuesta al hombre: la profunda, progresiva
seguridad del Estado, el derecho que se ha impuesto sobre toda injusticia. Ante
los ojos se despliega la más próspera forma de gobierno; nada le falta para la
libertad total más que la posibilidad de desaparecer. Pero, sobre todo, una
igual admiración a tu clemencia ha alcanzado a los más altos y a los más bajos.
Pues el resto de los privilegios cada cual los percibe en razón de su suerte, o
los espera mayores o menores; todos ponen la misma esperanza en la clemencia, y
no existe nadie que esté tan convencido de su inocencia que no se alegre de que
ante su vista se eleve la clemencia dispuesta a ocuparse de los errores
humanos.
Catulo, 64
El lecho genital, empero, de la
diosa, se coloca
de las sedes en medio, el que, pulido con indo diente,
teñida de róseo molusco, cubre una púrpura con fuco.
Esta veste, con primitivas figuras de hombres
variada, 50
de los héroes las virtudes indica con admirable arte.
Pues, de sonante oleaje en el litoral de Día,
escudriñando,
a Teseo marchar con su veloz armada mira,
indómitos furores en su corazón llevando, Ariadna,
y no todavía ella, lo que contempla, que contempla cree: 55
como que ella, del falaz sueño entonces sólo despierta,
abandonada, a sí misma, triste, se discierne en la sola arena.
Mas el desmemoriado joven huyendo pulsa los vados a remos,
incumplidas dejando sus promesas a las ventosas tormentas.
A él, lejos, desde el alga, con afligidos ojillos la Minoide, 60
pétrea, como la efigie de una bacante, escudriña, ay,
escudriña, y en las grandes olas de las angustias fluctúa,
sin retener en su flava cabeza la sutil mitra,
sin proteger velado su pecho con su leve atuendo,
sin ligar con la torneada faja de leche sus pechos, 65
lo cual todo, resbalado de entero su cuerpo por doquier,
de ella ante los pies, con los flujos de sal jugaban.
Pero ni entonces de la mitra, ni entonces de la suerte de su fluente
atuendo ella curando, con todo su pecho de ti, Teseo,
con todo su ánimo, con toda pendía, perdida ella, su mente. 70
Ah triste, a quien con asiduos lutos consternó
Ericina, espinosas angustias sembrando en su pecho,
en aquella temporada, desde aquel tiempo en que feroz Teseo,
saliendo de los curvos litorales del Pireo
tocó del injusto rey los gortinios templos. 75
Pues se cuenta que otrora, por una cruel peste
obligada
de la muerte de Androgeón los castigos a expiar,
unos elegidos jóvenes a la vez, y la honra de las doncellas,
la Cecropia había solido dar de festín al Minotauro.
Como angustiadas por esos males sus murallas padecieran, 80
el propio Teseo el cuerpo suyo por su querida Atenas
arrojar prefirió, mejor que tales funerales
hacia Creta desde la Cecropia –y no funerales– portados fueran.
Y de este modo, en una nave leve apoyado y con lenes auras,
al magnánimo Minos viene y sus sedes soberbias. 85
A él, una vez que con deseosa luz lo contempló la virgen
regia –a la cual, espirando suaves olores, un casto
lecho en el blando abrazo de su madre alimentaba,
cuales los mirtos ciñen del Eurotas las corrientes,
o el aura primaveral cría distintos colores–, 90
no antes de él sus flagrantes luces
declinó, que en todo su cuerpo concibió una llama,
profundamente, y ardió toda en sus más hondas medulas.
Ay quien tristemente causas con despiadado corazón furores,
santo muchacho, con las angustias de los hombres quien gozos mezclas, 95
y tú la que reinas los golgos, la que el Idalio frondoso:
con cuáles oleajes agitasteis, encendida en su mente,
a la muchacha, por el flavo huésped a menudo suspirando.
Cuántos ella soportó, doliente su corazón, temores,
cuánto, a menudo, más que el fulgor palideció del oro, 100
cuando, deseando en contra contender al salvaje monstruo,
o la muerte buscaba Teseo, o los premios de la alabanza.
No ingratas aun así, en vano, ofrendas a los divinos
prometiendo ella, con tácito labiecillo asumió unos votos.
Pues como en lo alto del Tauro agitando sus brazos 105
a una encina, o a un conífero pino de sudante corteza,
un indómito torbellino, contorsionando con su soplo su robustez,
lo arranca: el árbol, lejos, desenterrado de raíz,
hacia adelante cae, ampliamente todo cuanto se encuentra quebrando,
así, domado su cuerpo, a aquel salvaje postró Teseo, 110
que para nada lanzaba a los vanos vientos sus cuernos.
De allí su pie a salvo con mucha alabanza tornó,
sus errabundas plantas rigiendo con tenue hilo,
para que, de las laberínteas curvas al salir,
no lo engañara de ese techo su inobservable extravío. 115
Pero, a qué yo, de la primera canción apartado,
más cosas
conmemore: cómo abandonando de su genitor la hija el rostro,
cómo de su consanguínea el abrazo, cómo después el de su madre,
la cual en su triste hija perdidamente se alegraba,
a todo ello, de Teseo el dulce amor antepusiera; 120
o cómo transportada fuera en balsa a los espumosos litorales de Día,
o cómo a ella, religadas sus luces por el sueño,
la abandonara con desmemoriado pecho partiendo su esposo.
A menudo que ella, se cuenta, con ardiente corazón enfurecida,
clarísonas voces vertió desde lo más hondo de su pecho, 125
y que entonces triste ascendía a abruptos montes,
de donde su mirada del piélago al vasto hervor tendiera;
que, entonces, de la trémula sal corría hacia las contrarias ondas,
sus blandos ropajes levantando de su desnudada corva,
y que estas cosas en sus extremas quejas afligida decía, 130
frigidillos sollozos de su mojado rostro suscitando:
“¿Cómo es que así a mí, de las patrias aras lejos, pérfido, llevada,
pérfido, en un desierto litoral me dejaste, Teseo?
¿Cómo es que así partiendo, despreciado el numen de los divinos,
ah desmemoriado, sacrílegos perjurios a tu casa portas? 135
¿Es que ninguna cosa pudo de tu cruel mente doblegar
el consejo? ¿Para ti ninguna hubo clemencia presente,
para que tu despiadado pecho de nos quisiera condolerse?
Mas no estas, un día, blandas promesas me diste
con tu voz a mí, no esto a mí, triste, esperar me mandabas, 140
sino matrimonios alegres, sino optados himeneos,
lo cual todo, aéreos, desgarran incumplido los vientos.
Ahora ya ninguna mujer a un hombre que jura crea,
ninguna de un hombre espere que los discursos sean fieles;
quienes, mientras algo su deseoso ánimo anhela obtener, 145
nada temen jurar, nada prometer perdonan;
pero una vez que de su deseosa mente saciada la libido ha sido
sus dichos nada temen, nada de sus perjurios curan.
Ciertamente yo a ti, en medio hallándote del torbellino de la muerte
de él te arranqué, y mejor a mi germano perder resolví 150
que a ti, falaz, en ese supremo tiempo faltarte.
En vez de lo cual, para ser desgarrada por las fieras dada seré, y por las aves
como presa, y no seré sepultada, muerta, sobre mí echada tierra.
¿Qué leona a ti te engendró bajo una sola peña,
qué mar, concebido, a las espumantes ondas te escupió, 155
qué Sirte, qué Escila rapaz, qué vasta Caribdis,
quien tales premios devuelves por la dulce vida?
Si para ti de corazón no habían sido los matrimonios nuestros,
porque te aterraban los preceptos de tu antiguo padre,
aún y así, pudiste a vuestras sedes conducirme, 160
quien a ti con gozoso esfuerzo te sirviera como esclava
tus cándidas plantas acariciando con claras linfas,
o con purpúrea veste cubriendo el lecho tuyo.
Pero ¿por qué yo a las ignorantes auras para nada me queje,
consternada por este mal, que de ningunos sentidos dotadas, 165
ni emitidas oírlas pueden, ni devolverme, palabras?
Pues él casi ya en mitad de las ondas se halla
y ningún mortal comparece en esta vacía alga.
Así, demasiado insultante en mi extremo tiempo, salvaje,
la suerte incluso a nuestras quejas niega oídos. 170
Júpiter todopoderoso, ojalá no, en ese tiempo primero,
los gnosios litorales hubiesen tocado las cecropias popas,
ni al indómito toro trayendo ominosos tributos,
el pérfido navegante en Creta hubiese religado su cuerda,
ni el malvado ese, escondiendo en su dulce hermosura sus crueles 175
consejos, en nuestras sedes hubiese descansado, el huésped.
Pues ¿a dónde me restituiré? ¿En qué esperanza, perdida, me esforzaré?
¿A los ideos montes acudiré? Mas con este abismo ancho
separándome, la bravía superficie del ponto me divide.
¿Acaso de mi padre auxilio espere, al que yo misma abandoné, 180
a un joven asperjado con la fraterna matanza siguiendo?
¿De mi esposo acaso fiel me consuele a mí propia con el amor,
el cual, no acaso huye encorvando los flexibles remos en el abismo?
Demás de esto, ningún techo honra esta solitaria isla,
ni se ofrece una salida, del piélago ciñendo las ondas. 185
Ningún cálculo de huida, ninguna esperanza: todas las cosas mudas,
todas están desiertas, ostentan todas perdición.
No, aun así, antes languidecerán las luces mías de muerte,
ni previamente de mi fatigado cuerpo se separarán mis sentidos,
de que mi justa, mucha fe, de los divinos demande, 190
traicionada, y la de los celestiales suplique en esta postrema hora.
Por ello, las que los hechos de los hombres multáis con vengador castigo,
Euménides, cuya frente, ceñida de serpentino
cabello, delante porta de vuestro espirante pecho las iras,
aquí, aquí advenid y las quejas escuchad mías. 195
las que a mí, ah triste, de mis extremas medulas a proferir
se me obliga, desvalida, ardiente, de amente furor ciega,
las cuales, puesto que verdaderas nacen de mi pecho más hondo,
vosotras no queráis sufrir que el luto se desvanezca nuestro,
sino que con la misma mente que sola Teseo a mí me abandonó, 200
con tal mente, diosas, se manche de muerte a sí y a los suyos.”
Después que de su afligido pecho vertió estas
voces,
suplicio por unas salvajes acciones demandando ansiosa,
asintió con su invicto numen de los celestes el regidor,
con cuyo movimiento la tierra, y hórridas retemblaron 205
las superficies, y sus rielantes estrellas sacudió el cosmos.
Aulus Gelius, Noctes Atticae
Apión, llamado Plistonices, era
escritor muy erudito y notable, especialmente por la extensión y variedad de
sus conocimientos acerca de la antigüedad griega. Adquirió mucha reputación por
un compendio en que refiere todo lo maravilloso que ofrece el Egipto en sus
monumentos o en las tradiciones de sus habitantes. En los pasajes de esta obra
en que refiere lo que ha leído u oído decir, tal vez se le puede censurar que
se deja llevar de la facundia y exageración por el deseo de producir efecto,
porque este autor gusta mucho de ostentar su ciencia. Pero lo que quiero citar
de él es lo que dice en el libro quinto de su compendio sobre Egipto, y que no
es de lo que ha leído u oído, sino que asegura haberlo presenciado él mismo en
Roma.
«Un día – dice – había llevado al
pueblo romano al circo el espectáculo de una cacería en que habían de
combatirse considerable número de animales. Encontrándome en Roma a la sazón,
quise presenciarla, y vi soltar en la arena gran número de animales salvajes de
fuerza y dimensiones prodigiosas y extraordinaria ferocidad. Admirábase
especialmente una manada de leones enormes, entre los que descollaba uno, cuya
monstruosa corpulencia, rápidos saltos, terribles rugidos, abultada musculatura
y flotantes melenas, asombraban a los espectadores y atraían todas las miradas.
Introdújose a los desgraciados que habían de pelear con las fieras,
encontrándose entre ellos un esclavo llamado Androclo, que había estado al
servicio del procónsul.
En cuanto el león vió a aquel
hombre, paróse, como asombrado por su presencia, dirigióse en seguida
dulcemente a él, y se le acercó poco a poco, mirándole como si le conociese.
Llegado junto a él, se frota con su cuerpo, agitando la cola con aspecto sumiso
y cariñoso, como perro que acaricia a su amo, y lame los pies y las manos del
desgraciado, a quien el terror había privado de sentimiento. Pero viéndose
Androclo acariciado por el terrible animal, cobra ánimos, abre los ojos, y se
atreve, al fin, a mirar al león.
Entonces, como si los dos se
reconocieran, fué de ver al hombre y al león mostrarse recíprocamente profundo
regocijo. Ante tan extraño y conmovedor espectáculo, dice el escritor, todo el
público rompió en aplausos; y habiendo mandado el César que le llevasen en
seguida a Androclo, le preguntó en qué consistía que aquella fiera le había
perdonado a él solo. El esclavo refirió entonces la aventura más extraña y
maravillosa.
«Era yo .:.– dijo – esclavo del
procónsul que gobernaba la provincia de Africa; los golpes y malos tratamientos
que me prodigaba diariamente, sin razón alguna, me obligaron a huir, y para
escapar más fácilmente a las persecuciones de mi amo, a quien obedecía toda la
comarca, busqué refugio inaccesible entre las arenas y los desiertos, decidido
a darme la muerte de cualquier manera si llegaba a carecer de alimento.
Caminaba bajo los abrasadores rayos del sol de Mediodía, cuando encontré en mi
camino una caverna aislada y profunda, en la que entré y me oculté.
Apenas había entrado, cuando vi un
león que tomaba el mismo camino. El animal tenía una pata ensangrentada y
andaba con dificultad, quejándose y gimiendo como si padeciese violentos
dolores. Aterróme al pronto su presencia; pero en cuanto entró el león en la
caverna, que, como vi en el acto, era su ordinaria guarida, y me vió ocultándome
en el fondo, acercóse con aspecto,», dulce y sumiso, levantó la pata,
presentándomela, y parecía que me demandaba socorro. Cogíla con la mano, le
arranqué una espina muy gruesa que se había clavado, apreté para que saliese la
carne corrompida, y cada vez más tranquilo, atendiendo cuidadosamente a la
operación, conseguí purificar y secar por completo la herida. Entonces el león,
al que había aliviado y librado de sus sufrimientos, se acostó y se durmió,
dejándome la pata entre las manos.
Desde aquel día vivimos juntos,
habitando durante tres años la misma caverna y compartiendo los mismos
alimentos. Cuando regresaba de sus cacerías, traíame los mejores trozos de las
presas que había cogido, y como carecía de fuego, los asaba yo al sol a la hora
de mediodía. Sin embargo, habiéndome cansado de aquel género de vida, un día,
mientras el león estaba cazando, me alejé de la caverna. Después de tres días
de marcha, encontróme un grupo de soldados, que se apoderaron de mí; traído a
Roma, comparecí ante mi amo, que en el acto dictó mi sentencia de muerte,
condenándome a ser entregado a las fieras. Veo que el león fué cogido también
después de nuestra separación, y ahora, alegre al encontrar a su bienhechor, me
muestra su agradecimiento.»
Tal fué, según Apión, el relato de
Androclo. En seguida se escribió su aventura en una tablilla, que se hizo
circular entre los espectadores, concediéndose perdón al esclavo, a petición de
todos, y además quiso el pueblo que se le regalase el león. Más adelante le vi,
dice el autor, teniendo atado al león con una endeble correa, paseando por
todas las calles de la ciudad; dábanle dinero, arrojaban flores al león, y por
todas partes exclamaban: «Ved al león que dió hospitalidad a un hombre; ved al
hombre que curó al león»
Ovidius, Heroidas, VII
Cual suele el blanco cisne, que en el
vado
De Meandro se ve cercano a muerte.
Cantar, sabiendo que le llama el hado;
Así, sin esperanza de moverte,
Mi canto ronco y débil voz levanto
Contra aquel Dios que fuerza a
endurecerte.
Y poco importa que se pierda el canto,
Que pues la honra y fama se ha perdido,
Piérdase todo y muéstrese mi llanto.
Cierto estás de partir y persuadido
A me dejar, y que unos vientos lleven
Tus naves y la fe que diste a Dido.
Cierto estás en que, así como se mueven
Las anclas de tu flota, se remueva
Tu fe y promesas que guardarse deben.
Cierto estás de buscar provincia nueva.
Digo el ítalo reino que tú ignoras,
Sin que Gartago a te quedar te mueva.
Estas frescas murallas triunfadoras
No te incitan a amarme, ni aprovecha
Darte un cetro y esta alma donde moras.
Huyes ciudad que está poblada y hecha
Búscasla por hacer, buscas mis daños,
Buscas tierra, porque ésta te es
estrecha
Hallándola después de algunos años,
¿Quién te la ha de entregar? ¿qué
habitadores
Sus campos han de dar a unos extraños?
Por fuerza has de tener otros amores
Otra Dido, otra fe que tú quebrantes,
Otros halagos y actos fingidores.
¿Cuándo será que otra ciudad levantes
Semejante a Cartago, y puesto en alto,
Tus gentes mires cómo están triunfantes?
Demos que así suceda, sin que falto
Tu gusto quede en cuanto pretendieres y
Y goces tu ciudad sin sobresalto
¿Cómo podrás hallar adonde fueres
Mujer que te ame como te amo y quiero,
Pues excedo en amar a las mujeres?
Ardo cual arde el pino o el madero
Que es de licor o azufre mixturado,
O como incienso puesto en mi brasero.
Traigo en mis ojos siempre retratado
A Eneas, y en el alma está esculpido
De noche y día el nombre de mi amado.
Mas él me es sordo y mal agradecido,
Del cual huir debiera la presencia.
Si quedado me hubiese algún sentido.
Y no porque yo piense en esta ausencia
Algún mal de él en cólera me inflamo;
Ni para odiarle se me da licencia.
Que mientras más me quejo y más exclamo
En medio de esta rabia y pasión fiera,
Más ardo, más le adoro, más le amo.
Perdona, diosa Venus, a tu nuera;
Da, Cupido, un abrazo al que es tu
hermano;
Hazle soldado tuyo y que me quiera.
A amarle comencé, de ello me ufano;
Haz con él, pues tan grande es tu
pujanza,
Que cebe con su amor mi amor insano.
Mas yo me engaño, que la semejanza
Que con su madre tiene es aparente,
Y alma más dura que su madre alcanza.
De alguna piedra o monte es tu simiente;
Los robles duros, las encinas viejas
Tus padres son; tu pecho una serpiente.
O este mar te engendró que por mis
quejas
«Ves que con vientos rápidos se altera,
Y tú por él me huyes y te alejas.
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